El estrés es un fenómeno que se asocia con connotaciones negativas. Pero debemos asumir que este estado que nos abruma tanto, al igual que otras emociones como la felicidad, la risa o el sueño, forma parte de nuestra vida. Tanto es así que nos acompaña desde que el mundo es mundo, y desde el punto de vista evolutivo, y al contrario de lo que podemos imaginar, nos ha ayudado a afrontar numerosas amenazas a lo largo de nuestra supervivencia.
Podemos afirmar que todo lo que somos ahora y nuestra forma de vida con nuestras comodidades, es gracias a este mecanismo de defensa de nuestro sistema, que se activa ante situaciones y episodios de peligro.
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El estrés, un antes y un después
Frente al miedo actual por padecer situaciones de estrés, para nuestros antepasados ha sido la herramienta que les ayudó a buscar alimentos, a reproducirse, a encontrar zonas de refugio donde vivir, preservarse del frío y de las temperaturas extremas, en definitiva, el elemento más ventajoso que nos sitúa a día de hoy en el mundo y que nos ayuda a continuar evolucionando.

En cambio, en nuestra sociedad actual, consideramos el estrés como el enemigo número uno, porque se ha convertido en un componente de amenaza básicamente social, que nos obliga a estar luchando contra él constantemente, debido a que nuestro ritmo de vida acelerado e imparable lo favorece sobremanera, y hace que florezca de forma constante.
El cerebro y su respuesta adaptativa
El cerebro como super órgano es tremendamente flexible. Por su neuroplasticidad posee una enorme capacidad para adaptarse a los cambios y descubrir nuevas experiencias. Las células cerebrales responden normalmente de forma adaptativa a nuevos retos bioenergéticos, que proceden de la propia actividad de los circuitos neuronales, como de diversos factores ambientales, como por ejemplo, ante la privación de alimentos o el esfuerzo físico.
Por un lado, a nivel celular, estas adaptaciones al estrés se traducen en importantes beneficios que incluyen el «fortalecimiento» de las sinapsis existentes, la formación de nuevas sinapsis y la producción de nuevas neuronas a partir de células madre.
Y a nivel molecular, los desafíos bioenergéticos provocan la activación de factores de transcripción que inducen la expresión de proteínas que refuerzan la resistencia de las neuronas al estrés metabólico y oxidativo, implicados en la patogénesis de trastornos cerebrales como el ictus y las enfermedades de Alzheimer y Parkinson.
Determinados estudios prueban que el estilo de vida intermitente es un aliciente para la prolongación del estado óptimo de nuestro cerebro. Nos referimos por ejemplo a determinados desafíos poniendo a prueba a nuestro cuerpo, a través del ejercicio físico, o con la ausencia de la ingesta de alimentos.
Pero de todo esto hablaremos en un segundo post dedicado a los nuevos descubrimientos, a cómo reacciona nuestro cerebro, y qué mecanismos de acción se activan ante determinados desafíos energéticos intermitentes.
Si te está resultando interesante este contenido, no dejes de leer la segunda parte de este post que lanzaremos en breve, materia que abordamos en nuestro Máster en Psiconeuroinmunología Clínica.
Llevo más de 20 años dedicado al campo de la salud y de la formación, especializado en el ámbito de la Psiconeuroinmunología clínica.
He tenido la suerte de formarme y entrar a formar parte del equipo del Dr. Leo Pruimboom, la gran referencia internacional en esta disciplina.
Me apasiona mi labor docente, poner al servicio de cientos de alumnos de todo el mundo todo este bagaje y conocimiento para acompañarles en el proceso de formación en esta maravillosa disciplina.
Igualmente disfruto y aprendo de mis pacientes en mi labor clínica diaria.
