Hace unas semanas, coincidiendo con la época navideña, dedicamos la primera parte de este contenido a la importancia de los abrazos. Cómo el contacto físico es el lenguaje más primario. Esta segunda parte vamos a dedicarla al motor o reacción química que lo hace posible.
Hablamos de la oxitocina. Aunque tradicionalmente se asocia casi exclusivamente al parto y a la lactancia, la psiconeuroinmunología clínica revela que esta hormona fascinante desempeña una función mucho más compleja de lo que imaginamos. En realidad es un modulador de nuestra homeostasis.
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Oxitocina, la «hormona del amor» y sus beneficios desde la PNIc
La oxitocina, que popularmente se conoce como “hormona del amor” no solo facilita el vínculo. En un mundo hiperestimulado, entender su función, es entender cómo se puede recuperar el equilibrio interno.

El impacto de la oxitocina en el eje del estrés
Desde la perspectiva de la PNI clínica, la oxitocina es la «antítesis» del cortisol. Su secreción genera una cascada de beneficios neuroendocrinos:
- Amortigua el eje HPA (Hipotálamo-Hipófisis-Adrenal) de gestión del estrés: es decir, reduce la liberación de las hormonas CRH y ACTH.
- Modulación del sistema inmune: además de hacernos sentir bien, la oxitocina modula la actividad de los macrófagos y disminuye la producción de citoquinas proinflamatorias como la IL-6 y el TNF-α.
- Aumenta la sensibilidad a la recompensa social y la confianza.
- Favorece conductas prosociales, maternales y de apego seguro.
El contacto físico de forma reiterada, —abrazos, sostén, masajes, caricias lentas— es una de las formas más potentes de estimular la secreción de oxitocina de forma natural y sostenida.
La piel, el “nutriente afectivo”
Nuestra piel, además de ser una barrera, es un órgano receptor masivo de múltiples señales sociales. Las fibras C-táctiles nerviosas, están diseñadas específicamente para responder a la caricia lenta y al calor humano, y envían señales directas a la zona de recompensa del cerebro.
La regulación emocional, el control del miedo, la estabilidad endocrina, la coherencia cardiorrespiratoria y la inmunidad dependen en gran parte de la calidad de nuestras interacciones físicas y afectivas.
El contacto por tanto, es lo que algunos autores en neuropsicología del desarrollo denominan como un «nutriente afectivo». De la misma manera que los nutrientes son vitales para nuestra supervivencia, el sistema nervioso requiere del contacto para aprender a autorregularse.
- En la infancia, los bebés necesitan sostenerse para que su sistema nervioso aprenda a regularse poco a poco.
- En la edad adulta, necesitamos del contacto físico a través de la piel para el desarrollo de los sistemas de respuesta al estrés y sostener el equilibrio neuroendocrino.
- La piel, el calor y las caricias construyen literalmente un cableado neuronal del vínculo.
Las consecuencias del aislamiento social
El ser humano es un animal social por naturaleza. Nuestra fisiología evidencia que el aislamiento no es solo un estado anímico, sino un factor de riesgo para la salud física. La falta de contacto físico y un exceso de los niveles de estrés afectan de forma negativa al sistema inmune. El cuerpo está diseñado para tocarse, ser sostenido y acompañado.
Ello conlleva,
- Mayor vulnerabilidad inmune, porque afecta negativamente al sistema inmunitario.
- Inflamación de bajo grado.
- Inestabilidad en el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal.
En definitiva, priorizar el contacto físico cálido y de calidad es, en esencia, una intervención de medicina preventiva.
Referencias clave para profundizar:
- Olausson, H., et al. (2010). The neurophysiology of unmyelinated tactile afferents. Nature Reviews Neuroscience, 11(1), 52–62.
- Uvnäs-Moberg, K., et al. (2015). Oxytocin: A mediator of anti-stress, wellbeing, social interaction and health. Psychoneuroendocrinology, 38(4), 356–365.
- Feldman, R. (2012). Oxytocin and social affiliation in humans. Hormones and Behavior, 61(3), 380–391
- Ferber, S. G., et al. (2008). Skin-to-skin contact (Kangaroo Care) reduces pain responses in preterm infants. Pediatrics, 122(3), e429–e437.
Llevo más de 20 años trabajando como fisioterapeuta, pero mi ámbito profesional y mi forma de vida dio un giro de 180 grados cuando me convertí en lo que soy actualmente: especialista en Psiconeuroinmunología clínica. Disciplina que me ha brindado la oportunidad de crecer exponencialmente y que llegó a mí de la mano del Dr. Leo Pruimboom, fundador y referente mundial por excelencia de esta disciplina médica. Una nueva vía de intervención que descubrí cuando aún estaba cursando mis estudios universitarios en Fisioterapia, que cambió mi perspectiva y por su puesto la manera de trabajar con los pacientes.
Labor clínica, con la que no dejo de aprender constantemente y disfrutar cada día. Además, al mismo tiempo me permite desarrollar mi segunda actividad y pasión, la de coordinar el Máster en PNIc. Me encanta mantener un nexo de unión continuo con los grandes referentes y docentes, y comprobar cómo los alumnos van adquiriendo una nueva dimensión de conocimiento y formación.
Todo ello no sería posible sin el motor de mi vida, mi pequeña gran familia, (Gonzalo y mis cuatro hijos) y esos momentos de desconexión. Descargo adrenalina jugando al baloncesto, bailando flamenco y no cambio por nada del mundo disfrutar de un buen vino con mis amigos.
