Actualmente vivimos rodeados de confort. La comida es interminable, tenemos agua en cualquier momento, el movimiento es algo opcional que debemos imponernos como obligación porque somos sedentarios, adaptamos la temperatura a la época del año en la que vivimos, y un sinfín de ventajas y bienestar continuo.
Sin embargo y a pesar de que hemos llegado hasta la comodidad máxima gracias a la invención del hombre, paradójicamente la psiconeuroinmunología clínica nos advierte de que este estado “aparentemente utópico”, puede convertirse en el enemigo principal para la salud y nuestra calidad de vida.
Esta desconexión entre la biología ancestral y el entorno actual del mundo moderno, es según la PNI clínica, uno de los factores causantes del malestar crónico de hoy en día.Nuestros sistemas adaptativos han evolucionado desde hace miles de años asegurando nuestra supervivencia. Estos sistemas no están concebidos para dar adaptaciones en entornos de comodidad perpetua. Resultaría necesario seguir ofreciendo estímulos y desafíos reconocibles por nuestros sistemas alostáticos, propios de un entorno diferente al actual, para mantenernos flexibles y resilientes.
Aquí es donde entra en juego la hipótesis del Intermittent Living®. Un concepto nuevo propuesto por el Dr. Leo Pruimboom en 2018, que plantea algo tan simple, pero al mismo tiempo revolucionario.
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Intermittent Living, la solución contra los efectos de la vida moderna
El Intermittent Living o vida intermitente consiste en reintroducir pequeños desafíos físicos y ambientales, como el frío extremo, el calor, el ayuno, la sed, la hipoxia, el movimiento, la exposición natural y otros hechos desafiantes a los que nos hemos expuesto durante millones de años, frente a las enfermedades y patologías crónicas causantes, básicamente por el exceso y la comodidad.

Nos referimos a enfermedades crónicas no transmisibles – diabetes, enfermedades cardiovasculares, autoinmunes, depresivas o neurodegenerativas – que padecen un gran número de personas a nivel mundial y que comparten un denominador común: la inflamación crónica de bajo grado.
No son enfermedades graves ni lesiones agudas, sino que más bien ocasionan un “ruido inflamatorio” sostenido en el tiempo, que se alimenta de algunos hábitos como la sobrealimentación, el sedentarismo, la falta de sueño, el estrés o el aislamiento social.
La evolución de los genes ante los desafíos
En este sentido, el Dr. Leo Pruimboom, como padre la psiconeuroinmunología y director de nuestro máster, junto a un equipo de expertos, tras varios años de investigación sostiene sostiene que nuestros genes evolucionaron en un contexto de desafíos breves e intensos como pasar hambre, soportar el frío, caminar largas distancias, soportar las altas temperaturas, hacernos tolerantes al calor, o determinadas infecciones que pusieron a prueba nuestro sistema inmune. Todas estas experiencias son las que han ido moldeando nuestros distintos sistemas de respuesta (inmunes, endocrinos, neurológicos, metabólicos) y que dependen básicamente del movimiento de la escasez temporal.
En cambio, el desarrollo cultural ha eliminado prácticamente todos estos estímulos que implican sacrificios. Nuestro cuerpo se ha desentrenado, pierde flexibilidad metabólica e inmunológica y entra en un estado de inflamación basal que envejece los tejidos y agota las reservas adaptativas.
La hormesis y el poder de los pequeños estresores: activadores de los genes Nrf2
La clave está en la hormesis, el principio biológico que explica por qué una dosis leve de estrés “controlado” activa mecanismos de reparación y resiliencia, mientras que la ausencia o exceso pueden ser dañinos.
El ejercicio, el ayuno, el frío o el calor leve son estímulos que inducen pequeñas cantidades de estrés oxidativo suficiente para activar genes protectores como Nrf2, encargados de estimular enzimas antioxidantes, detoxificantes y antiinflamatorias. Esta respuesta hormética mejoraría la biogénesis mitocondrial, fortalece el sistema inmune y reprogramaría el metabolismo hacia una mejor eficiencia energética.
De la misma forma, pero a la inversa, es decir, evitando cualquier situación incómoda como el hambre, el frío, la sed o el esfuerzo, se privará al organismo de estos estímulos que lo mantienen fuerte.
Los 5 imprescindibles del Intermittent Living
El modelo que propone el concepto de vida intermitente combina varias estrategias ancestrales, cada una con su propio efecto hormético, que pasan por:
1. El ayuno intermitente
La falta de alimento de forma programada favorece la flexibilidad metabólica, reduce la inflamación y obliga de este modo al sistema inmune a “descansar”.
2. Exposición aguda al frío y al calor
Exponer nuestro cuerpo a temperaturas bajas o por el contrario un poco más elevadas de lo habitual activa las proteínas de choque térmico, mejora la sensibilidad a la insulina y fortalece el sistema cardiovascular.
3. Hipoxia intermitente
La altitud, respiración controlada, estimula el factor HIF-1, mejora el metabolismo del oxígeno y la función cerebral.
4. Sed “intermittent drinking”
Pasar algún que otro episodio de sed induce la oxitocina, reduce la reactividad del eje HPA (hipotálamo-hipófisis-adrenal) y mejora la gestión del estrés.
5. El movimiento y el contacto con la luz del sol
Sincronizan los ritmos circadianos y equilibran los ejes neuroendocrinos.
Los estudios de Intermittent Living
Según datos recogidos y en vías de ser publicados, combinar estos estímulos durante breves períodos —por ejemplo, una semana al mes— mejora los marcadores metabólicos, inflamatorios y de bienestar subjetivo, incluso sin cambios drásticos en la dieta o el peso corporal.
Desde la Psiconeuroinmunología, esta hipótesis encaja con una visión integral del ser humano: la salud surge del equilibrio dinámico entre estímulo y recuperación, activación y reposo, desafío y confort.
Reintroducir dosis intermitentes en nuestro día a día no es regresar al pasado, sino actualizar nuestro software biológico a las condiciones para las que se diseñó. En última instancia, el cuerpo humano necesita estrés para mantenerse sano, de la misma forma en que nuestra mente necesita propósito y el sistema inmune necesita entrenamiento.
Fuente:
– Pruimboom, L., & Muskiet, F. A. J. (2018). Intermittent living; the use of ancient challenges as a vaccine against the deleterious effects of modern life – A hypothesis. Medical Hypotheses, 120, 28–42. https://doi.org/10.1016/j.mehy.2018.08.002
Llevo más de 20 años dedicado al campo de la salud y de la formación, especializado en el ámbito de la Psiconeuroinmunología clínica.
He tenido la suerte de formarme y entrar a formar parte del equipo del Dr. Leo Pruimboom, la gran referencia internacional en esta disciplina.
Me apasiona mi labor docente, poner al servicio de cientos de alumnos de todo el mundo todo este bagaje y conocimiento para acompañarles en el proceso de formación en esta maravillosa disciplina.
Igualmente disfruto y aprendo de mis pacientes en mi labor clínica diaria.
